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La afición del Sporting de Gijón

Cuarenta y tres puntos: la Liga del 78-79 y por qué sigue siendo el techo del Sporting

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Veintitrés goles en treinta y tres partidos. Eso firmó Quini en la temporada 1978-79 y se quedó sin Pichichi, porque aquel año a un austríaco del Barcelona llamado Hans Krankl le dio por meter veintinueve y no hubo manera de alcanzarlo. En Gijón, sin embargo, nadie guarda esa temporada por el trofeo que no llegó. La guardan por una cifra mucho más seca: cuarenta y tres puntos.

Cuarenta y tres cuando ganar valía dos. Diecisiete victorias, nueve empates y ocho derrotas en treinta y cuatro jornadas. El Real Madrid terminó con cuarenta y siete y se llevó la Liga. El Sporting acabó segundo, por delante del Atlético y de la Real Sociedad, empatados a cuarenta y uno, y con el Barcelona quinto a cinco puntos. Casi medio siglo después, ahí sigue el techo.

Aquel equipo era de Miera

Merece la pena aclararlo pronto, porque con los años se ha ido mezclando todo: al Sporting del subcampeonato no lo entrenaba Vujadin Boškov. Lo entrenaba Vicente Miera. Boškov dirigía aquella temporada al Real Zaragoza, después se pasó tres años en el banquillo del Real Madrid y no llegó a Gijón hasta 1982, cuando lo mejor ya había pasado.

El ciclo grande lleva la firma de Miera: dos clasificaciones europeas seguidas, el subcampeonato del 79 y la primera final de Copa de la historia del club. Un entrenador que trabajaba con lo que tenía en casa y que montó un equipo reconocible, de esos que el aficionado recita de memoria sin mirar la alineación en el periódico.

Los números son más raros de lo que parecen

Lo normal es pensar que un equipo que queda segundo con Quini delante es un equipo que arrasa marcando. Pues no. El Sporting hizo 50 goles en toda la Liga. El Barcelona hizo 69 y quedó quinto. El Madrid campeón, 61. Aquel Sporting fue subcampeón metiendo diecinueve goles menos que el quinto clasificado.

La explicación está en la otra columna. 35 goles encajados. Menos que el campeón, que se fue a 36. Menos que el Atlético, menos que la Real, menos que el Barça. La mejor defensa de la zona noble de la tabla estaba en El Molinón, y de ahí salen esos nueve empates: partidos cerrados, atornillados, resueltos muchas veces por Quini y poco más. Un equipo que ganaba 1-0 sin que se le moviera un pelo.

Y detrás de Quini, un reparto muy corto. Enrique Morán firmó once goles, Enzo Ferrero siete. Entre los tres se comieron más de ochenta de cada cien goles del equipo. Si Quini tenía un mal día, tocaba sufrir.

El once que se sabía de memoria

La portería fue de Jesús Castro, que jugó treinta y dos de los treinta y cuatro partidos. Atrás, Rezza, Redondo y Cundi. En el medio, Joaquín, Ciriaco y Manolo Mesa. Arriba, el tridente: Morán, Quini y Enzo Ferrero por la banda, el argentino que se hizo de Gijón antes de que le diera tiempo a deshacer las maletas.

Que Cundi saliera de Mareo no era una anécdota bonita para el programa del partido. Era el modelo. Aquel Sporting no compitió con dinero, compitió con gente de casa y con tres o cuatro aciertos en el mercado.

Estreno en Europa y un tropiezo en Copa

Esa misma temporada el club se estrenó en competición europea. Duró poco: el Estrella Roja de Belgrado lo dejó fuera por 2-1 en el global, que para un debut internacional tampoco es un ridículo, pero se quedó corto para lo que se esperaba en la ciudad.

Y hay un dato que resume bien el carácter irregular de aquel equipo: el subcampeón de Liga cayó eliminado en Copa en tercera ronda, contra el Cádiz, por 3-2 en la eliminatoria. El mismo grupo que aguantó treinta y cuatro jornadas peleando con el Madrid se fue de la Copa a las primeras de cambio.

18 de junio de 1981, Vicente Calderón

La primera final llegó dos años después. Y llegó con el guion más cruel posible. Enfrente estaba el Barcelona, y en el Barcelona estaba Quini, traspasado en 1980, máximo goleador de aquella Copa con nueve goles. El chaval que había metido veintitrés goles para el Sporting salió al Calderón a jugar contra el Sporting. Acabó 3-1 para el Barça.

13 de abril de 1982, José Zorrilla

La segunda final duele más porque estuvo mucho más cerca. En Valladolid, contra el Real Madrid, con José Manuel Díaz Novoa ya en el banquillo rojiblanco. A los cuatro minutos, gol en propia puerta de Jiménez. 1-0 sin haber empezado el partido.

En el 36 empató Enzo Ferrero y aquello se puso de cara. Después del descanso, Molowny metió a Ángel de los Santos y a los cinco minutos de pisar el campo apareció en el área para superar la salida de Rivero. 2-1 en el 57, y ya no se movió el marcador. Dos finales en dos años, dos derrotas.

Aquel verano llegó Boškov a Gijón. Se quedó dos temporadas y dejó buen recuerdo, pero el club ya había tocado su punto más alto y bajado de él sin haber levantado nada. Desde entonces el Sporting ha vivido ascensos memorables, tardes grandes en El Molinón y varias generaciones salidas de Mareo, y ninguna ha vuelto a ponerse a cuatro puntos del campeón de Liga.