Diez meses, dos finales y la vitrina intacta: la Copa que se le escapó dos veces al Sporting
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Maceda no tenía por qué estar ahí. Era central, el balón le cayó dentro del área del Barcelona nada más volver de vestuarios y lo empaló como si llevara toda la vida haciéndolo. 1-1 en el Vicente Calderón, 18 de junio de 1981, cincuenta mil personas en el estadio y una parte de Gijón desplazada a Madrid poniéndose de pie a la vez.
Duró diez minutos.
En el 55, Quini volvió a marcar. Y ahí está el detalle que aquel día debió doler más que el resultado: tres meses antes, Gijón entera había pasado veinticinco días de marzo pendiente del secuestro de Quini, con radios encendidas y pancartas en El Molinón. En junio, el mismo hombre le hizo dos goles al equipo de su ciudad con la camiseta del Barça. Esteban Vigo cerró el 3-1 y Antoni Olmo levantó la Copa en el Calderón. En el banquillo rojiblanco estaba Vicente Miera; en el otro, Helenio Herrera.
Cómo se llegó hasta allí
El camino de aquella Copa tiene algo que hoy sería impensable. El Sporting arrancó el torneo midiéndose al Turón, un equipo asturiano de los de campo pequeño y cuesta, y siguió con Ponferradina y Levante. Nada que asustara. Lo grande vino en cuartos: 1-1 en El Molinón contra el Real Madrid y 3-2 en el Bernabéu, eliminatoria resuelta en el campo del campeón. Después, el Sevilla en semifinales, sin apuros.
Es decir, que el Sporting no se coló en aquella final. Fue a buscarla al sitio donde casi nadie iba a buscar nada.
La segunda oportunidad, diez meses después
Lo raro de esta historia es la velocidad con la que llegó la revancha. Aquel verano España organizaba el Mundial, así que la Copa siguiente se resolvió en abril, con el calendario apretado. El 13 de abril de 1982, en el José Zorrilla de Valladolid, el Sporting volvía a jugar una final. Habían pasado diez meses.
El equipo lo dirigía ya José Manuel Díaz Novoa y el camino había sido parecido de tranquilo: Cultural Leonesa, Castellón, Valencia, Deportivo y el Rayo Vallecano en semifinales. Enfrente, el Real Madrid de Luis Molowny, con Camacho, Stielike, Santillana, Juanito, Del Bosque y Cunningham, que había tenido que sudar mucho más para llegar: al Atlético por un gol en cuartos y a la Real Sociedad en los penaltis después de dos empates a uno.
El partido se torció antes de que nadie se hubiera sentado. Minuto 4, centro de Ito, Manolo Jiménez desvía y el balón entra en su propia portería. 0-1. Lo de después fue la mejor media hora larga que jugó aquel Sporting en una final: Camacho derriba a Joaquín dentro del área y Enzo Ferrero transforma el penalti en el 36. Al descanso se llegó 1-1, con el Madrid incómodo.
En el arranque de la segunda parte, Ángel cruzó un balón sobre Rivero y ahí se acabó todo. 2-1. Segunda final consecutiva, segunda derrota, y de vuelta a Asturias con la misma sensación de la temporada anterior.
Las dos finales, una al lado de la otra
| Final de 1981 | Final de 1982 | |
|---|---|---|
| Fecha | 18 de junio de 1981 | 13 de abril de 1982 |
| Estadio | Vicente Calderón (Madrid) | José Zorrilla (Valladolid) |
| Rival | FC Barcelona | Real Madrid |
| Resultado | 3-1 | 2-1 |
| Goles del Sporting | Maceda | Ferrero, de penalti |
| Entrenador | Vicente Miera | Díaz Novoa |
| Camino | Turón, Ponferradina, Levante, Real Madrid, Sevilla | Cultural, Castellón, Valencia, Deportivo, Rayo |
Por qué aquel equipo se quedó sin nada
Hay una explicación cómoda, que es la de siempre: tocaron el Barça y el Madrid, y en una final a partido único contra esos dos no hay mucho que rascar. Es verdad a medias. El Barcelona de 1981 tenía a Schuster, Simonsen y Quini; el Madrid de 1982, media selección española dentro. Pero el Sporting los había ganado en el Bernabéu en cuartos un año antes, así que tampoco es que fueran intocables.
La explicación menos cómoda tiene que ver con el fondo de armario. Aquel equipo era una generación, no una plantilla: Maceda, Joaquín, Álvarez Uría, Abel, Mesa, Redondo, Jiménez, Cundi, casi todos criados en Mareo, más Ferrero por fuera. Doce o trece jugadores buenísimos y detrás poco más. Con eso se compite un año, incluso dos. No se sostiene una década, que es lo que hace falta para que a un club le acabe cayendo un título.
Y hay un dato que resume mejor que ningún análisis lo que fue aquello. Entre el once que salió en el Calderón y el que salió en Valladolid apenas cambió un nombre. Los mismos hombres, la misma manera de jugar, diez meses de diferencia y dos finales perdidas. Ese era el equipo, entero, y esa fue su ventana.
Cuarenta y tantos años después el Sporting sigue sin una Liga y sin una Copa en la vitrina, y en la lista de finalistas de los ochenta aparece dos veces seguidas con casi la misma alineación escrita al lado. En Gijón todavía se discute cuál de las dos dolió más. La mayoría dice que la del 81, por el gol de Maceda y por lo que vino justo después.