Saltar al contenido
Puxa Molinón
La afición del Sporting de Gijón

Doce clubes, un dueño: qué significa de verdad la multipropiedad para el que va al campo

Publicado
Sección
General
Firma
pabloc

Hay una conversación que en Gijón se tuvo antes que en casi ningún otro sitio de España, y fue en las gradas de El Molinón: qué pasa cuando tu club deja de ser de un señor de aquí y pasa a ser una pieza dentro de un grupo con equipos en varios países.

Viene a cuento porque el modelo entero está pasando por su peor momento, y el ejemplo más grande de todos es el que peor lo lleva.

El grupo del Manchester City

En 2008, el jeque Mansour bin Zayed compró el Manchester City. Lo que vino después no fue un club, fue una red: el City Football Group, con una docena de equipos repartidos por el mundo.

Están el propio City, el Girona, el Palermo, el Troyes francés, el Lommel belga, el New York City, el Melbourne City, el Montevideo City Torque, el Bahia brasileño, el Mumbai City y el Shenzhen chino. La participación cambia según el caso: en Palermo son dueños de casi todo, en el Girona tienen menos de la mitad.

La idea, sobre el papel, era buena. Un solo departamento de fichajes para todos, la misma metodología de entrenamiento, jugadores que suben y bajan por la red según su momento, y un sitio donde aparcar a los que aún no están para la Premier.

Y la idea, en la práctica

Las últimas temporadas han sido flojas casi en todas las sucursales. El Palermo lleva años sin subir a la Serie A, el Troyes cayó, y equipos que por presupuesto deberían mandar en sus ligas no mandan en ninguna. Este mismo año el grupo ha devuelto el Yokohama japonés a Nissan y se ha quedado como socio, sin más.

Y arriba del todo, el club matriz también ha entrado en obras. Pep Guardiola se marchó al terminar la temporada pasada, después de diez años y veinte títulos, y ahora figura como embajador del propio grupo; en el banquillo está Enzo Maresca. Este verano, además, Rodri ha salido hacia el Barcelona por unos sesenta y cinco millones.

El City no se ha caído, ojo. Pero por primera vez desde 2008 no da la sensación de que el dinero baste para arreglarlo.

Aquí lo hemos vivido desde dentro

Esto no es un asunto de ricos lejanos. El Sporting pertenece desde 2021 a Orlegi, un grupo mexicano que también tiene el Santos Laguna y que hasta este año tenía el Atlas.

Y lo del Atlas es lo interesante, porque enseña por dónde va a venir el cambio: Orlegi lo ha vendido en 2026 obligado por la norma mexicana que a partir de 2027 no deja tener dos clubes en la misma liga. No fue una decisión deportiva. Fue una ley.

La consecuencia para nosotros no es menor: el grupo se queda con dos clubes en vez de tres y ha dicho que eso significa más foco en Gijón. Ya veremos si es así, pero al menos el reparto de atención cambia.

Lo que un aficionado tiene derecho a preguntar

De todo este asunto, al que sube por Viesques con la bufanda puesta le importan tres cosas, y ninguna aparece en las notas de prensa.

Quién decide los fichajes. Si la lista de nombres llega hecha desde otro país, el director deportivo de tu club es un gestor, no un decisor. Eso no es necesariamente malo —el grupo puede ver jugadores que tú no ves—, pero conviene saber quién firma.

Adónde van los jugadores buenos. El riesgo real de una red no es que te roben los futbolistas: es que tu club se convierta en un peldaño. Si el mejor de la cantera sabe que su siguiente paso es otro equipo del grupo, tu proyecto deja de ser un destino.

Quién paga las facturas malas. Los grupos aportan estabilidad cuando vienen mal dadas, y eso es un valor de verdad. La pregunta es qué pasa el día que el grupo decida que la sucursal no compensa.

Hacia dónde va la cosa

La UEFA lleva años apretando el tornillo cuando dos clubes del mismo dueño coinciden en Europa, y ya hemos visto arreglos de última hora para poder jugar. México ha ido más lejos y directamente lo prohíbe. Es razonable pensar que la multipropiedad, tal y como se ha entendido esta década, tiene los años contados en su versión más agresiva.

Lo que no va a desaparecer es la idea de fondo: el fútbol se ha convertido en un activo, y los activos se agrupan. Lo que cambia es cuánto se puede agrupar antes de que la competición deje de tener sentido.

Mientras tanto, aquí seguimos con lo de siempre, que es lo único que no depende de ningún consejo de administración: llenar El Molinón y no callarse.