588 millones de pesetas y 28 años de Fernández: cómo el Sporting dejó de ser de sus socios
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En el verano de 2015, El Molinón celebró el ascenso de los guajes, el equipo de Abelardo hecho casi entero en Mareo. Aquel equipo había subido sin dinero y con los chavales de casa. Aun así, entre los cánticos de la fiesta se oía también otro, dirigido al palco: «Fernández, fuera». Muy pocas aficiones pitan a su directiva el día de un ascenso. Para entender por qué pasó en Gijón hay que volver al 30 de junio de 1992, la fecha límite que puso el Estado para que el Sporting dejara de ser un club de sus socios.
La ley que puso precio al Sporting
A finales de los ochenta el fútbol español debía cantidades que hoy suenan a broma y entonces daban miedo: unos 16.000 millones de pesetas en 1989 y alrededor de 28.000 en 1992. La respuesta fue la Ley del Deporte de 1990, que creó la sociedad anónima deportiva. Los clubes con las cuentas en rojo tenían que convertirse en SAD y reunir un capital mínimo. El que no lo reuniera, fuera del fútbol profesional. Solo se libraron el Real Madrid, el Barcelona, el Athletic y Osasuna.
Al Sporting le tocó suscribir 588 millones de pesetas, unos 3,5 millones de euros. La deuda total del club rondaba los mil millones, y el plan de saneamiento del Estado absorbió una parte grande. Aun así había que poner el capital, y en Gijón se puso como se pudo: empresas locales, el Ayuntamiento y aficionados que compraron acciones de su propio club.
| Principales suscriptores en 1992 | Millones de pesetas |
|---|---|
| Hizarco Publicidad (Manuel Calvo Pumpido) | 60 |
| Ayuntamiento de Gijón | 46 |
| Alberto Menéndez S.A. | 12 |
| José Fernández | 11,8 |
| Enzo Ferrero | 11 |
| Mail Gijón S.A. | 10 |
En esa lista, José Fernández Álvarez, constructor gijonés nacido en 1937, aparece en cuarto lugar y con una cifra modesta. Entró a través de ASPROCON, la asociación de promotores y constructores a la que pertenecía su empresa, Ferpi Transportes y Obras. Llevaba unos 11,8 millones de pesetas, bastante menos que una agencia de publicidad y menos que la cuarta parte de lo que había puesto el Ayuntamiento.
Del cuarto puesto al control del club
La primera pieza cayó en 1994. El Ayuntamiento, con Vicente Álvarez Areces de alcalde, le vendió la mayor parte de su paquete: 3.436 acciones por unos 240.000 euros al cambio. Ese mismo año, el 12 de noviembre, José Fernández se sentó en la presidencia. Estuvo en el cargo hasta noviembre de 1997, justo antes del descenso más triste de la historia del club, pero ya no soltó la propiedad.
En 1999 montó con José María González de Caldas, expresidente del Sevilla, una sociedad con un nombre que hoy se lee con cierta retranca: Por el Futuro y Estabilidad del Club, S.L. Su función era ir comprando los paquetes pequeños, los de la gente que había puesto su dinero en 1992 y ya no esperaba verlo volver.
La jugada que cerró el control llegó con la ruina. En 2005 el Sporting entró en concurso de acreedores con una deuda que rondaba los sesenta millones de euros. En la salida de ese concurso las deudas acumuladas se convirtieron en acciones, y quien tenía créditos contra el club acabó quedándose con más club. Con el tiempo, entre la sociedad limitada (40,88 %) y lo que tenía a título personal (30,65 %), José Fernández y su socio llegaron a controlar alrededor del 73 % del capital. El convenio del concurso dejó al Sporting atado a esos pagos hasta 2018.
El hijo en el palco y la grada en contra
En diciembre de 2012 Javier Fernández Rodríguez entró en el consejo en lugar de su padre, y en junio de 2016 asumió la presidencia. Fue el Fernández que más tiempo dio la cara y el que más pitos se llevó. El lema que acabó en pancartas, bufandas y paredes de la ciudad era «Por un Sporting libre, Fernández vete ya». En el campo se oían «Fernández fuera» y «directiva dimisión», y hubo pañoladas contra el palco en más de una tarde. Tras el descenso de 2017, #FernándezFuera llegó a ser tendencia en toda España.
En la grada se repetían siempre las mismas quejas. Mareo producía futbolistas y el club no sabía retenerlos. Figuras de la casa, como Abelardo o Pepe Acebal, se quedaron sin encaje en los proyectos. Y circulaba una cuenta muy repetida en Gijón: entre 1992 y 2015 el club habría ingresado unos 50 millones por traspasos y gastado unos 20 en fichajes, y nadie explicaba bien dónde habían ido a parar los otros 30. Detrás de todo eso había algo más simple de decir: el club era de una familia, y la gente que lo sostenía cada quince días no tenía ninguna manera de cambiarlo.
Un funeral y una firma ante notario
El final no lo trajeron las protestas. José Fernández murió el 27 de febrero de 2022, a los 84 años. Cuatro meses después, el 28 de junio, su hijo firmaba ante notario la venta al Grupo Orlegi de Alejandro Irarragorri, el dueño del Santos Laguna y del Atlas. El paquete que cambió de manos rondaba el 73 % de las acciones, e incluía la parte de la familia González de Caldas, cerca del 20 % del capital. El precio se cerró en 43 millones de euros, pagaderos en tres plazos, y la operación necesitó el visto bueno del Consejo Superior de Deportes.
Treinta años antes, todo el capital del Sporting se había fijado en 588 millones de pesetas. En 2022, tres cuartas partes de ese club se vendieron por más de diez veces esa cifra. Cualquier sportinguista que compró una acción en 1992 puede hacer la cuenta de cuánto se revalorizó lo suyo y, sobre todo, de quién se quedó con esa revalorización.
Irarragorri ocupó la presidencia ese mismo día y la familia Fernández dejó el palco después de 28 años. Lo que ha hecho Orlegi desde entonces ya está contado en otra entrada de este blog. Aquí queda la etapa anterior: un club que la ley puso en venta en 1992, que un constructor fue comprando por partes y que su hijo vendió a México cuatro meses después de enterrar al padre.