Trece puntos en toda la temporada: la anatomía del descenso de 1998
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Hubo un momento, en la primavera del 98, en que la gente de El Molinón dejó de hacer cuentas. No por rabia: por aritmética. Llevábamos media temporada haciendo el cálculo de siempre —si ganamos este, empatamos aquel, y el rival directo pincha en casa—, y de repente ya no salía ni forzando los números. Ninguna combinación daba. Se seguía yendo al campo, eso sí. Se seguía aplaudiendo la salida. Pero se iba a otra cosa, a acompañar, como quien visita a un enfermo sabiendo lo que hay.
Aquel curso terminó con trece puntos en cuarenta y dos jornadas. Dos victorias. Siete empates. Treinta y tres derrotas. Diecisiete goles a favor en toda la Liga: menos de uno cada dos partidos. Sigue siendo, casi treinta años después, el peor registro que ha firmado nadie en una temporada de Primera División. Un récord que no se rompe porque para romperlo hay que hacerlo peor que aquello, y aquello fue muy difícil de hacer.
Un equipo que no marcaba y que no paraba
Lo primero que se rompió fue lo de arriba. Diecisiete goles significa entrar a los partidos sin tener la sensación de que puedas cambiarlos. Significa que un 0-0 en el minuto 60 no es una oportunidad, es un techo. El Sporting de aquel año podía competir cuarenta minutos, y a veces los competía bien, pero le faltaba la herramienta para convertir esos cuarenta minutos en tres puntos. Los empates —siete— casi siempre venían de partidos sin fútbol, no de gestas.
Y detrás, la sangría. Superamos los noventa goles encajados. Eso no es un problema de portero ni de central: es un equipo entero descolocado, con las líneas rotas y con la cabeza en otro sitio. Un equipo así encaja el primero pronto, y cuando encaja el primero pronto se abre por completo buscando lo que no tiene. De ahí salen las goleadas que la gente todavía recuerda mal, con esa mueca de quien prefiere no entrar en detalles.
El banquillo como parche
Cuando un vestuario se hunde, el primero que paga es el entrenador. Y aquel invierno el banquillo cambió de manos, porque es lo que se hace cuando no hay dinero para cambiar la plantilla y hay que dar una señal a la afición. El problema es que el entrenador es el parche más barato y el menos eficaz: llega en noviembre, encuentra a los mismos futbolistas, con la misma cara, en la misma clasificación, y tiene tres semanas para inventarse un equipo.
Lo de verdad se había decidido antes, en verano, y se había decidido con las cuentas en la mano. El Sporting llevaba dos décadas seguidas en Primera, y las había pasado casi siempre haciendo equilibrios: vender para pagar, tirar de Mareo para tapar el hueco del que se fue, y confiar en que la categoría se salvara sola por inercia. Ese modelo aguanta muchos años. Aguanta hasta que un verano no aciertas con los refuerzos y descubres que no queda colchón debajo.
Descender no es lo caro; lo caro es lo que viene después
Aquí está lo que de verdad marcó al club, y no fue el descenso en sí. El Sporting bajó en 1998 y no volvió a Primera hasta 2008. Diez temporadas seguidas en Segunda. Diez veranos de presupuesto de Segunda, diez años de derechos de televisión de Segunda, diez plantillas construidas con lo que dejaba la anterior al marcharse.
Ese es el efecto arrastre. Una temporada mala se corrige. Un descenso con la casa endeudada se convierte en una década, porque cada año en la categoría de abajo reduce lo que puedes gastar el año siguiente, y lo que puedes gastar el año siguiente determina si subes. El club se metió en un bucle donde la única fábrica que seguía produciendo era Mareo, y lo que producía Mareo había que venderlo para llegar a junio. Ahí está el caso más claro de todos: un chaval de Tuilla que debutó con el primer equipo en Segunda, que estuvo dos temporadas siendo lo mejor que teníamos, y que en 2003 se fue al Zaragoza porque no había manera de retenerlo. David Villa acabó siendo campeón del mundo con España. El Sporting siguió en Segunda cinco años más.
El ascenso llegó en 2008, con Manuel Preciado en el banquillo y con una plantilla que costaba una fracción de lo que costaban las de arriba. Se subió por competir, por tener un vestuario que no se rompía y por un campo que volvió a apretar. No se subió por inversión, porque no había con qué.
Por qué esto todavía se nota
El que se sienta hoy en El Molinón y protesta porque el club no se moja en el mercado, porque tarda en fichar, porque prefiere apostar por el chaval del filial antes que por el delantero contrastado, está protestando contra una decisión que tiene su origen en 1998. La generación que gestionó el Sporting después de aquello aprendió una lección muy concreta: bajar con la casa hipotecada no cuesta un año, cuesta diez.
De ahí sale la prudencia que a veces desespera. De ahí sale que Mareo no sea un discurso bonito para la memoria del club, sino la parte del negocio que funciona. Y de ahí sale también una manera de ver los partidos que se le nota a la grada: aquí nadie da nada por hecho hasta que la permanencia está matemáticamente cerrada, aunque falten quince puntos de margen. Esa desconfianza no es pesimismo asturiano. Es una temporada muy concreta, con dos victorias y trece puntos, que se quedó a vivir en el estadio.
Los récords, cuando son de este signo, tienen una ventaja rara: obligan a mirar el fondo del pozo con precisión, sin adornos ni excusas. Trece puntos. Cuarenta y dos jornadas. Y una década pagando la factura.