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La afición del Sporting de Gijón

Los veinticinco días de marzo del 81: Gijón esperando noticias de Quini

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Los veinticinco días de marzo del 81: Gijón esperando noticias de Quini

El domingo 1 de marzo de 1981, en muchas casas de Gijón se había seguido el partido con esa mezcla rara de orgullo y resquemor. El Barcelona le había metido seis al Hércules y dos los había marcado Quini. Nuestro Quini. El que se había ido el verano anterior después de diez temporadas, el que había hecho de El Molinón un sitio donde uno iba a ver goles. Ya no vestía de rojiblanco, pero cuando marcaba, en Asturias se celebraba igual. Con la boca pequeña, pero se celebraba.

Esa misma noche, entre el campo y su casa, alguien le cortó el paso. No llegó. Y a la mañana siguiente la noticia no era el 6-0.

Veinticinco días

Conviene decirlo claro, porque la memoria hace trampas y con los años mucha gente lo recuerda de rojiblanco: en marzo del 81 Quini era jugador del Barcelona. Aquí no se jugó ningún partido sin él, porque aquí ya llevaba una temporada sin jugar. Y aun así, aquellos veinticinco días se vivieron en Gijón como si el secuestrado fuera de la familia. Que lo era.

Lo tuvieron encerrado en un garaje de Zaragoza. Los secuestradores no eran una organización con siglas ni un comando político: gente corriente, de un taller, que pidió cien millones de pesetas y que no llegó a cobrar un duro. La policía dio con el sitio y lo sacó de allí el 25 de marzo. Tres semanas y media metido en un zulo improvisado, sin ventanas, sin saber si aquello acababa bien.

En Gijón se seguía el asunto por la radio con una angustia doméstica, la de quien pregunta por un vecino. Había ido a Barcelona con casi treinta y un años a jugar sus últimos buenos años, y de repente el nombre que uno asociaba a un remate de cabeza en el área pequeña aparecía en los telediarios en un contexto que no era el suyo.

Lo que se cuenta y lo que dicen los números

La leyenda dice que aquel secuestro le costó una Liga al Barcelona y que a Quini le partió la carrera por la mitad. Con lo primero se puede discutir; con lo segundo, no hay discusión posible: es falso.

Quini volvió, jugó y siguió marcando. Aquella temporada 1980-81, la del secuestro, la terminó como máximo goleador de Primera con veinte goles. Con un mes entero fuera del campo, encerrado, sin entrenar y sin ver la luz, ganó el Pichichi. El cuarto de su carrera, después de los tres que había ganado vestido de rojiblanco. No hay muchos delanteros en la historia de esta Liga capaces de eso.

La Liga sí se le escapó al Barcelona, y sí, la caída coincidió con aquellas semanas. Lo que no se puede sostener es la relación causa-efecto limpia, como si un equipo entero se hubiera venido abajo por un solo motivo y en un solo mes. Los campeonatos se pierden en muchos domingos, no en uno. Lo que quedó fue una temporada partida en dos: el Barça de antes de marzo y el de después.

Y la Liga acabó decidiéndose aquí

Aquí viene la parte que a un sportinguista le pone los pelos de punta, porque une los dos hilos. Aquella Liga del 80-81, la que empezó con la sombra del secuestro, terminó de decidirse en El Molinón.

Última jornada. La Real Sociedad se jugaba el título en Gijón. Empate a dos, minuto final, gol de Jesús Zamora, y la Real se lleva el primer campeonato de su historia en nuestro campo, delante de nuestra grada, contra nuestro equipo. Los donostiarras siguen contándolo cuarenta y tantos años después como el momento fundacional de todo lo suyo. Nosotros lo contamos de otra manera.

Fue una primavera para enmarcar y para olvidar a partes iguales. Porque el Sporting de aquellos años era bueno de verdad: Maceda atrás, Joaquín en el centro del campo, una generación de casa que había crecido viendo a Quini y que no le tenía miedo a nadie. Y esa temporada llegó además a la final de Copa.

Junio: los dos caminos se cruzan

La final se jugó en el Vicente Calderón en junio del 81. Enfrente, el Barcelona. Es decir: enfrente, Quini. Tres meses después de salir de aquel garaje de Zaragoza, el chaval que se había hecho futbolista en Gijón jugaba una final contra el club de su vida.

Ganó el Barcelona, 3-1. El Sporting se volvió sin copa y con la sensación de haber estado ahí, que en este club es una sensación que se repite demasiado. Y en la grada rojiblanca, esa cosa contradictoria de haber perdido contra el equipo del que era de los tuyos y no ser capaz de guardarle rencor.

El regreso

La historia tiene final, y es el que tenía que tener. En 1984 volvió. Con treinta y cinco años, cuando ya nadie le pedía nada, se puso otra vez la rojiblanca y jugó aquí hasta 1987, hasta el último día de su carrera. Se retiró en casa. No en un club grande, no en una liga cómoda: aquí, en el sitio donde había empezado.

Murió el 27 de febrero de 2018, en Gijón, de un infarto, un par de días antes de que se cumplieran treinta y siete años exactos de aquel domingo del Camp Nou. La ciudad se echó a la calle para despedirlo con una naturalidad que no se organiza desde ningún despacho. Se despedía a alguien de la familia, otra vez.

De los veinticinco días de marzo del 81 casi nadie recuerda ya los detalles del rescate ni el nombre de los que lo encerraron. Lo que quedó en Gijón fue otra cosa: la certeza de que aquel hombre, jugara donde jugara y llevara la camiseta que llevara, era de aquí.